No en vano tomamos como fecha simbólica de inicio del “Montañismo” como práctica lúdica mediados del siglo XVIII , época en la que la sociedad industrializada había llegado al tope de definir aquello que durante muchos años comenzamos a conocer como “Capitalismo”. Las urbes se habían convertido en espacios “hostiles”, donde el hombre había perdido su verdadera identidad y más aún la estrecha relación que había mantenido desde sus orígenes con la naturaleza. Siguiendo su “instinto” ese llamado que todos llevamos por dentro, la llamada de la naturaleza comenzó a retumbar en las mentes de muchas de esas personas que sometidas a extensas jornadas de trabajo, comenzaron a exigirse un merecido y reparador descanso a través de las pendientes nevadas y los caudalosos ríos de las montañas… principalmente “europeas”, donde este fenómeno social tuvo su mayor apogeo.

Definitivamente el “Montañismo” siempre se ha ido adaptando a las generaciones que, desde las épocas juveniles de sus practicantes, han venido definiendo una “raza” de personas que, impulsadas por la necesidad de fuertes emociones, se han dedicado a la exploración y búsqueda de nuevas alternativas que, con el tiempo han llevado a un límite donde los involucrados se han visto en la obligación de adentrarse mucho más allá de su rendimiento físico, indagando también en el fenómeno emocional, descubriendo así que el Montañismo no es solo “Deporte”, sino una verdadera escuela de vida, donde el descubrimiento de los propios límites ha profundizado, no solo la interrelación entre las personas, sino ha hecho que el que practica cualquiera de sus modalidades se compenetre con su entorno natural, y no solo lo proteja, sino lo comprenda y conceptualice como parte de su existencia misma.

Definitivamente, ir a la montaña tiene unas implicaciones físicas exigentes, que a medida que vamos aumentando el nivel de dificultad de nuestros objetivos, irán también aumentando los niveles de entrenamiento físicos necesarios para lograr las metas planteadas. Sin embargo, la fuerza de la naturaleza, reflejada en las Montañas, va mucho más allá de condiciones físicas. La persona que aborda objetivos de exigencia extrema, donde las condiciones del ambiente (Frío, altura, viento, etc.) van más allá de lo acostumbrado, deben someterse a un entrenamiento emocional que les permita afrontar lo “indecible” en cuanto a tolerancia, no solo al dolor individual, sino inclusive a la perdida de sentido de pertenencia. Hay muchos autores que han escrito al respecto, desde los más místicos, hasta prominentes deportistas que han tratado de desvelar los misterios que hay entorno a la Montaña y sus encantos. Como describe Maurice Herzog, director de la expedición francesa al “Annapurna”, que por primer vez lograra en el año de 1950 una cumbre de más de 8.000m… “La Montaña de Dios. Es el estadio más arcaico. La masa de la montaña es el cuerpo mismo de la divinidad, cuya cabeza, por asimilación antropomórfica, se localiza, naturalmente, en la cima. La tempestad es su voz. Los fenómenos físicos, como las tormentas o los aludes, constituyen manifestaciones hostiles y temibles, y otros – minerales, circulación de las aguas fecundantes – aparecen como dones generosos de un ser sobrehumano y bienhechor.”
